Decir que en mi casa me enseñaron a leer es una subestimación.
| ¡Mios, todos mios! ¡Muaaahahahaha! |
Aprendí a amar el olor a goma y cartón de las ediciones en rústica, a acariciar con codicia los lomos de las ediciones empastadas; apreciar el aroma a moho y polvo de los libros viejos es un placer, y saber como tratar delicadamente sus frágiles páginas un orgullo.
Desde niño aprendí que una casa sin libros se ve desnuda. No lo digo en el sentido racional, nunca pensé a los nueve años de edad mientras jugaba monopolio en casa de fulanito "repámpanos, esta familia obviamente carece de los estandares educacionales adecuados". Ocurre que estaba acostumbrado desde siempre a ver paredes llenas de libros, revistas, folletos y enciclopedias y no me cabía en la cabeza que las paredes de otras casas no las tuviesen también, no era natural; es como una ducha sin regadera o un closet sin puertas, da la impresión que alguien se quiere mudar a esa casa pero no se termina de decidir y por eso no se ha tomado la molestia de traer sus bibliotecas todavía. Sus bibliotecas. Plural. Una no bastaba.

